CRÍTICAS

 

Las  nobles  cosechas  de  Rogelio

              Jorge Rivas Rodríguez                                                                                                                       Periodista  y  Crítico de arte,  Periódico Trabajadores.

http://www.trabajadores.cu/20141109/proposito-del-festival-de-arte-naif-las-nobles-cosechas-de-rogelio/

…    En la mayabequense ciudad de Madruga existe un singularísimo y joven personaje que ya se ha hecho popular bajo el seudónimo de El Guajiro que pinta. Se trata de Rogelio Fundora Ybarra (La Habana, 1972), cuya devoción por el arte es tan vehemente como su propia entrega a la Madre Tierra. Desde su finca La Esperanza, entre el apacible y variopinto paisaje montuno —donde proliferan los sembrados de frutas, viandas y vegetales cultivados por él y su familia—, este bondadoso campesino ha hecho trascender su obra como pintor, ceramista y escultor en apenas cuatro años de quehacer en su modesto y extremadamente caluroso taller. Con cerca de 40 exposiciones personales, desde el año 2011 a la fecha, entre ellas una con carácter permanente (2012) en la sede cubana de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), de la producción plástica de Rogelio lo que más me impresionaron fueron sus pinturas, entre las que el aliento naif suele crear un atrevido contrapunteo con el arte moderno y la academia, en una suerte de simbiosis que distingue sus cuadros inspirados en el cultivo y apego a la tierra. Según este amigable hombre, “pintar siempre fue un sueño, una necesidad que me permitiera plasmar mis raíces, las costumbres del guajiro cubano, el trabajo agotador de sol a sol en el campo para lograr alimentos”. Imbuido por su padre —otro connotado agricultor que transmitió con creces la eterna herencia del amor por la tierra—, Rogelio amaneció un día con deseos de aventurarse con el arte.

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… El Guajiro que pinta hay dominio en el uso de los pigmentos, de las perspectivas, de las líneas y de las formas estructurales de los discursos. Debido a sus estudios personales, en sus piezas no se observa ignorancia respecto a las técnicas y teorías, ni tampoco de signos o figuras que evoquen a la infancia, propios del arte naif. Por el contrario, sus narraciones plásticas buscan acercamiento a lo académico, a través de proyectos que involucran al espectador en conceptos e ideas comprometidos con la espiritualidad individual, en tanto reflexivos en torno a los problemas e inquietudes del ámbito que rodea a este creador; es decir, el campo y la agricultura. Otra cuestión que en sus dibujos y pinturas tienen que ver con lo naif es su imaginario estético, o sea, su valoración personal sobre el universo y las cosas que le preocupan y forman parte de su cotidianidad. De tal modo, los temas rurales y agrícolas establecen conexión semántica y unidad indisoluble en la estructuración de la dramaturgia de sus obras, de las que emana el seductor aroma de las hojas verdes, de la tierra arada, de la lluvia, del rocío… Y es que este artífice pinta desde “adentro”, como si todo ese maravilloso cosmos transitara por sus venas y por su conciencia antes de volcarse sobre el lienzo, la cartulina o la pieza de barro.

   Él ha convertido en emblema la guataca, instrumento de labranza recurrente en todas sus creaciones, con particular énfasis en la cerámica, cuya morfología sirve de sostén para otros discursos más breves. Sin embargo, en tales desempeños debe hurgar más en su rico imaginario, evitando soluciones fáciles o kitsch. A estas alturas no debe de dar por concluidos fallidos ensayos iconográficos, como tampoco dar riendas sueltas a todo cuanto fluya por su mente, ideario del que puede extraer los mejores proyectos.

    Entre los cuadros más conmovedores de Rogelio se encuentra el titulado Bendita agua —premio del XXV Salón de Artes Plásticas Arístides Fernández, Mayabeque, 2013—, cuya lírica exalta un sensible y esperanzador acontecimiento: la llegada de la lluvia. Pieza en la que las formas, los colores, sobre todo en la recreación del aguacero y en la efusiva expresividad del guajiro que lo alaba, tienen poco que ver con la concepción naif, sino que se enmarca dentro de un arte más bien formulado desde universales principios de la creación plástica. Tales paradojas pueden encontrarse frecuentemente dentro de su prolífico cosmos creativo.

    …………………………………………………………………………………………………………………………. Vaya suerte contar con la existencia de este noble hombre que con éxito lleva a cabo dos importantes cosechas: la agrícola, para sustento suyo y de sus semejantes, y la espiritual, a través del arte, para enriquecimiento de quienes tienen la posibilidad de disfrutarlo.


El campo a flor de piel…      

                                           Toni Piñera

                                                                  Periodista y crítico de arte

                                                                       Periódico  Granma   2014/12/30

http://www.granma.cu/cultura/2014-12-29/el-campo-a-flor-de-piel

 

“Si llamamos piel, no solamente a la “envoltura” que nos cubre a los humanos y la extendemos al arte, en este caso específico la pintura sobre tela/papel/barro, designaremos, en su justa medida, al término, cuando del creador Rogelio Fundora decimos… el campo a flor de piel. Y también del alma, porque de allí sale ese inusitado amor por la tierra, de donde brota la creación y se posa sobre las obras…

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Desde hace algunos años encontró esta forma de re-crear su mundo, y reflejarlo como un espejo donde podemos alcanzar todo aquello vivido o sentido en sus interiores. Como lector empedernido de libros de arte, en sus trabajos uno puede encontrar “reflejos”; ya sea de luces, sombras, tonalidades, formas…, que con rápidos impulsos (ingenuos, ágiles, nítidos) lleva a las telas y se hacen protagonistas de sus historias. Porque hay algo muy claro en él: “quiero hacer arte con mi vida”…

En ellos sale a flote algo característico de Rogelio Fundora: una capacidad y poder de observación nato, para lograr “atrapar” el gesto preciso que los identifica a cada uno de ellos; es como plasmar la huella exacta. No caben dudas al ver las obras: con mano diestra puede hacer un retrato de cada uno de todos nosotros…”


Un filósofo que dora los fundos de la cubanía

 

Por   José Luis González-Almeida                                                                                                       Crítico de arte

                                                                          Caimán Barbudo

http://www.caimanbarbudo.cu/artes-plasticas/2012/04/los-fundos-de-la-cubania/

  Ambos Rousseau se le posesionan, compasan su brújula. Del pintor primitivista, de Henri (1844 – 1910), extrae la oriundez, la insondable ingenuidad que socava la altanería de los tiempos. Con el ilustrado filósofo, con Juan Jacobo (1712 – 1778), transita hacia una introspección resuelta a hurgar en lo más recóndito de la identidad cubana. Para uno y otro, lo mismo que para todos sus contemporáneos, reserva Rogelio Fundora Ybarra un decoro, un compromiso ético decididos a no cejar.

     Permanecer fiel a su estirpe campesina, a los afanes y utopías de quienes a diario esculpen las entrañas de la tierra, posibilita a este artista de la plástica mayabequense trasladar al lienzo una dinámica vital que poco tiene de bucólica o romántica y mucho sí de altruista. Sus criaturas y situaciones serán, en consecuencia, reflejos de un universo afectivo donde el “estado natural” – cualidad pura y descontaminada, al decir de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII –  violenta los lindes de aquello que los núcleos hegemónicos de la Europa postmoderna, desde su elitismo de vitrina, catalogan como meramente “arcaico” y “anatómico”, para adentrarse en una peripecia sociocultural más atenta a jubileos y vindicaciones.

        Las rutas conceptuales por las que nos conduce Fundora exhiben, pues, un apego a lo enaltecedor muy dependiente de lo espontáneo e intuitivo; algo que, en buena lid, no brinda al creador un espacio mucho más acaudalado a la hora, por ejemplo, de poetizar con los quiérase o no barrocos efectos de luces y sombras ya reconocidos dentro del paisaje patrio.

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        La transmutación que nos sugiere Fundora Ybarra no es, por lo mismo, de índole exclusivamente cromática o formal. Interesa sobremanera a este gladiador de llanos, ríos y montañas arrojar sobre el hombre y la mujer de campo  -y sobre los espectadores de cualquier núcleo poblacional –  una dosis de epicidad donde justo el discurrir de lo cotidiano englobe el saldo mayor de grandeza. Poco importa que la pulcritud de los tonos y la precisión minimalista del dibujo se desvanezcan en sus telas; su argumento viene dado por equipararlo todo (a todos) en una ecología de lo social con miras a lo imperecedero…


 

EL CORAZÓN EN EL CAMPO

Rogelio Fundora, El Guajiro que pinta

Por Omar Felipe Mauri

                                                                                   28 de enero de 2012

                                                                 Corcel de Fuego, UNEAC Mayabeque, CUBA.

…la mano del pintor no reproduce lo que ven sus ojos, no cumple el propósito de copiar ni testimoniar la realidad de campo, de su estallido de verdes y carmín, de sus luces tan intensas como inatrapables. Tampoco se recrea en la contemplación bucólica, el reposo decorativo que ofrece el paisaje que descubre desde su ventana.

 Su paisaje es fruto de las manos y el sudor. Rogelio pinta la obra del trabajo: no es la naturaleza revelada que vence el esfuerzo civilizador ( como alguna vez prefirieron los románticos al reaccionar contra el orden cartesiano y el empeño neoclásico de someter al universo); menos aún se trata de la naturaleza devastada por la voracidad del mundo industrial y consumista como hoy no los ofrece la posmodernidad. Estas verdades no son ajenas a su obra, siempre desde alusiones sutiles y mensajes velados.

 Su vocación telúrica es la del verdadero creador: los ojos de la tierra crean el mundo, lo recomponen en un nuevo sentido donde el trabajo y el hombre son el centro y la energía misma de la imagen. Allí, cada palmo de tierra, cada planta, cada raíz o cada surco dialogan con los seres humanos que pueblan el campo, unas veces en armonía, otras en antagonismo y otras en plenitud de alegría.

 Nadie como Rogelio podría traducir al color y las formas ese lenguaje de sensaciones y experiencias que produce la comunión con el campo, -diálogo siempre nuevo y a la vez milenario, que José Martí admiró y estuvo siempre dispuesto a compartir. Las ciudades-escribió en 1884- son la mente de las naciones; pero su corazón, donde se agolpa, y de donde se reparte la sangre, está en los campos. (“Maestros ambulantes”, T. 8, p. 290)


El guajiro que pinta…

                                    Toni Piñera

                                   Periodista y crítico de arte                                                                                                                      Cubarte

http://www.cubarte.cult.cu/es/article/6401http://www.cubarte.cult.cu/es/article/7487

 

Estos creadores andan dispersos por toda la Isla. Pero abren anchos sus ojos al paisaje cubano, caribeño, y abrazan con el pincel, el creyón y otros instrumentos, soles, lunas, palmeras, ríos, montañas, hombres y mujeres… Sus imágenes son como miradas ingenuas al mundo circundante.

Son auténticos artistas de su país. Y cuentan del mundo, los sueños, anhelos y todo lo que logran alcanzar sus pupilas a través de las imágenes. Muchos apellidos han recibido en el tiempo: naifs, primitivos, ingenuos, artistas populares… Más bien contemporáneos, porque reflejan en sus creaciones la época, el momento determinado de su existencia, y reproducen, generalmente, lo que ven en ese instante que les tocó vivir.

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…En su quehacer, donde emergen muchos paisajes entre una gran variedad de retratos de hombres relacionados con el campo de alguna forma, uno puede encontrar, desde el asombro, la realidad circundante de una familia respirando y/o trabajando en plena naturaleza, ataviada con formas simples y hasta ingenuas, y también árboles y casas parecidas al original pero de manera muy propia. Podría decirse que los construye con un prisma personal y espontáneo. La lluvia tampoco falta en sus creaciones porque, al fin y al cabo trae el agua que es el tesoro de la vida. Sus trabajos semejan radiografías que revelan secretos muy personales. Pues, entre las imágenes raptadas de los campos cubanos se mueven anhelos y ensoñaciones.

En presencia de un cuadro del artista, el espectador queda atrapado en un universo original donde se transparenta todo aquello que pertenece al creador: el campo, la naturaleza para hacerlo más suyo. Porque sus recuerdos se pierden arando la tierra, sembrando en los campos…

Si llamamos piel, no solamente a la “envoltura” que nos cubre a los humanos y la extendemos al arte, en este caso específico la pintura sobre tela/papel/barro, designaremos, en su justa medida, al término, cuando del creador Rogelio Fundora decimos… que lleva el campo a flor de piel. Y también del alma, porque de allí sale ese inusitado amor por la tierra, de donde brota la creación y se posa sobre las obras… Las piezas, trabajadas como poesía de tierra adentro, transparentes y a la manera de una inacabable crónica de la vida en la que también Fundora opera con filosofía, lirismo y sentido crítico, nos revelan una permanente suma de lo escuchado, vivido y leído. Del mismo carácter simbiótico de su personal estética nace la explicación a cuanto combina, a las certezas súbitamente convertidas en cuadros. Lo más importante de su labor: él es, desde el principio, un creador sincero, vinculado a un espacio vital, al contexto donde se desenvuelve, a la manera llana y transparente de sentir.

EL SOMBRERO, PROTAGONISTA DE SUS RETRATOS

Desde hace algunos años encontró esta forma de re-crear su mundo, y reflejarlo como un espejo donde podemos alcanzar todo aquello sentido en sus interiores. Como lector empedernido de libros de arte, en sus trabajos uno puede encontrar “reflejos”; ya sea de luces, sombras, tonalidades, formas…, que con rápidos impulsos (ingenuos, ágiles, nítidos) lleva a las telas y se hacen protagonistas de sus historias. Porque hay algo muy claro en él: “quiero hacer arte con mi vida”. En este caso específico, Rogelio Fundora contó que realizó esta serie de retratos –espontáneos y personales- de hombres y mujeres que defienden la cubanía, la naturaleza y que han nacido en el campo. En esa inmensa galería hay intelectuales, pintores, músicos, repentistas, amigos y hasta su padre, un hombre que como él lucha cotidianamente en la tierra, para extraer sus frutos. Y, con una inmensa sonrisa que siempre amaga en su rostro, señaló algo que no podía faltarles (tampoco a él), y que “los une: el sombrero de guano de los campesinos, esa esencia tradicional que todos y cada uno portan”. Y se los puso, aunque muchos de ellos no lo usan en su cotidianeidad.

En ellos sale a flote algo característico de Rogelio Fundora: una capacidad y poder de observación nato, para lograr “atrapar” el gesto preciso que los identifica a cada uno de ellos; es como plasmar la huella exacta. No caben dudas al ver las obras: con mano diestra puede hacer un retrato de cada uno de todos nosotros…

Una pregunta no podía faltar en el diálogo. ¿Pintar para el creador? Ni juego ni entretenimiento, “necesidad cotidiana, es algo que me desahoga”.


 

DEL GUAJIRO, TE TRAIGO UN RECADO

Antonio Fernández Seoane, C.M.B.F., Radio Musical Nacional.Crítico de arte

(Grabado el jueves 4 de diciembre de 2014, con Roger Álvarez. Sale al aire ese mismo día en el Noticiero Cultural A LAS DOCE. Tiempo de grabación= 2 minutos  y 18 segundos).

Quizás para muchos cubanos sea desconocido que el 2014 –próximo ya a expirar en sus 365 días- haya sido declarado como “Año Internacional de la Agricultura Familiar” por la Asamblea General de las Naciones Unidas…; no obstante, a un compatriota nuestro, este acontecimiento no pasó indiferente y aunque haya sido en las últimas jornadas de este ciclo anual, quiso rendirle homenaje a su tierra –“la gran madre de la fortuna”, como sentenciara Martí-, en la personificación de su singular pintura desde aquel pedacito cubano que es la finca mayabequense “La Esperanza”: Rogelio Fundora, campesino y pintor, aportador de un desarrollo agrícola y rural pleno, apertrechado –además-  de esa exquisita sensibilidad que lo ha llevado a esa otra pasión, la de la sagaz alquimia de los colores…

DEL GUAJIRO…, TE TRAIGO UN RECADO es el título de la exposición con la que Fundora ha querido plasmar este sincero tributo a la Agricultura Familiar, denominación ésta también de la pieza clave de la muestra que se exhibe en la Galería de Arte CARMELO GONZÁLEZ y en la que, amén de las denotaciones excusables de los empíricos abordajes técnicos, su composición se hace armonía y equilibrio dentro de una apacible atmósfera campestre.

Pero Rogelio Fundora va al retrato pictórico –quizás su fortaleza técnica en este género de la historiografía de las artes plásticas-  de decenas de hombres y mujeres íntimamente relacionados a este particular enfoque de nuestra cultura artística y literaria: los que le cantan, los que le hacen versos, los que igualmente la pintan o esculpen, aquellos que con enérgica palabra han defendido semejante presupuestos; y también a la cerámica, en un conjunto en el que se reflejan los rostros, esta vez anónimos, de nuestros campesinos, como en contrapartida de los faltantes imprescindibles.

Podríamos trazarle a Fundora las rígidas exigencias de un arte que él nos entrega con amor y respeto y que, por ello, resultaría mejor, entonces, estrecharle la mano como muestra de franca gratitud a este “amigo sincero”.


Rogelio Fundora: Martí en trazos espontáneos, cubanos…

                                       Toni Piñera

                                  Periodista y crítico de arte                                                                                                                     Granma Internacional, Cubarte

http://www.cubarte.cult.cu/es/article/7487

 

Desde que Martí salta en pintura y nos dice algo, hay miradas inquietas, mentes desveladas, pulsos intranquilos que lo han hecho suyo, para de manera propia, entregarlo también, siempre nuevo…

El guajiro que pinta, como suele llamarse, tiene, sin embargo, algo especial que lo define y acerca al Apóstol desde su arte: la sencillez, la sinceridad y espontaneidad con que lo capta, propio de los creadores populares que sienten y llevan en su sangre muchas aristas de la vida/experiencia, salpicada con esos sentimientos que vienen de lo profundo y, por arte de arte, y no de magia, se elevan en realidad de manera casi inaudita.

Hay algo que distingue de manera singular a estos artistas, cuya visión se fija en el entorno que le rodea, aquel que le es cotidiano/familiar, tras la búsqueda de rincones o acontecimientos de muy marcada trascendencia histórico-social, pero siempre subrayando su énfasis en aspectos de la realidad objetiva, que distinguen a este tipo de pintura. La naturaleza es otro elemento que forma parte de su verdad, recurso temático de arraigada predilección de aquellos que sienten dentro una sensibilidad natural para el arte, que no intenta reproducir, sino soñar/fabular. Estos asuntos se interpretan/traducen en imágenes muy variadas, aderezadas de un abundante caudal imaginativo y valores creativos que destacan por su certeza vivencial. Sus visiones son sorprendentes, matizadas con una genuina sensibilidad que apresa sentimientos en un estado natural. Mucho más se podría hablar de estos hombres y mujeres que ven la vida a su forma.

En todos los tiempos, épocas y lugares algunos seres humanos han sentido la necesidad de expresarse artísticamente, y en no pocas ocasiones las labores cotidianas que desempeñan están muy lejanas de las creadoras, propiamente dichas. Sin embargo, su vocación es irresistible. Ellos componen, escriben, cantan, pintan… en cuanto rato libre les queda, y lo hacen con todo el amor y la naturalidad que brinda la espontaneidad y el talento. Ven el mundo en derredor de forma personal, diferente y propia, y consiguen atrapar las miradas por esa íntima y genuina manera de crear que alcanza dimensiones desconocidas.

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Es precisamente la ternura y candidez del trazo y la línea que dibuja/desdibuja al hombre, en pleno campo cubano, la que se acerca a los conceptos expresados en letra viva cuando refiere: “el arroyo de la tierra me complace más que el mar…”. Dígase tierra y se entrelazan entonces, Rogelio Fundora y Martí. Trabajador incansable, sencillo, espontáneo y transparente como su pintura, labora desde siempre el campo, esa tierra que es tesoro y fuente de vida. En ella ha dejado su tiempo. En su terruño natal, en Mayabeque, un día, al despertar de un sueño, tocó, por azar, un libro de colorear de su pequeña hija y descubrió una frase que le cambió su vida, le abrió el camino a la pintura. ..

A veces la vida nos trae sorpresas. Es un impulso que puede desembocar de una frase, un gesto, acción que abre una inmensa brecha. Esa que nos incita a realizar grandes cosas que estremecen los cimientos de nuestra existencia, para descubrir nuevos horizontes.

Aquel, aparentemente insignificante libro, le dijo en voz muy alta algo que desde entonces no puede olvidar y conjuga en su cotidianeidad: “Sé de un pintor atrevido que sale a pintar contento”… José Martí. Cada vocablo quedó grabado en su horizonte. Con toda la fuerza y el atrevimiento del mundo se fue a comprar colores y pinceles y creyones… y se dispuso a enaltecer pictóricamente, a su forma, el ambiente que le había rodeado desde la niñez. Y fueron apareciendo en el blanco de las cartulinas y telas, casas, gentes, árboles, palmas, banderas, caminos, la lluvia (tan necesaria para las cosechas), los ríos, la neblina, animales, la tierra, la familia, y los bueyes arando los campos, sembrados en la tierra de una esperanza muy verde… Pero surgieron también en sus obras, en distintos momentos, amigos, hombres de letras, escritores, pintores, músicos, cantantes, y políticos, artistas llevando siempre, cual corona natural, el sombrero de guano…De pronto emergió entre las formas y los colores centelleantes de la naturaleza Martí, transformado en símbolo, surgiendo entre bruma, fauna y flora como un canto íntimo, recreado como “monte entre los montes”, galopando en busca de la batalla, convertido en arte, sin dejar de ser el hombre que representa para todos. Con esa calidez de amigo de todos los cubanos, con esa presencia que simboliza Patria, Libertad, Acción…
Él simboliza una Isla estremecida, y en esas ventanas que al MAESTRO nos devela ahora Rogelio Fundora, el pintor contento que una frase lo impulsó a encontrar su otro yo, reconocemos una pintura sencilla, que no por ello deja de ser grande, porque está anegada de la esencia de otros versos, también sencillos. En ellas enfoca y hace renacer a un hombre que nos alumbra en la distancia del tiempo con una llama eterna que no se extingue nunca.


CON LOS POBRES DE LA TIERRA

Antonio Fernández Seoane, C.M.B.F., Radio Musical Nacional.Crítico de Arte.

(Grabado el viernes 30 de enero de 2015, con Juan Heredero. Sale al aire ese mismo día en el Noticiero Cultural MERIDIANOI CULTURAL. Tiempo de grabación= 3 minutos y ocho segundos).

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José Martí fue amante apasionado de las bellas artes y su copiosa labor en la crítica del arte, o mejor, desde “el ejercicio del criterio” como él mismo signó a este complejo y hasta ingrato desempeño profesional (desde sus propias vivencias), fue fiel reflejo de este sentimiento y también en la conformación de su extraordinario ideario estético y patriótico. Pero la figura misma del Apóstol de la Independencia Cubana, su propia narrativa y lírica, pletórica de imágenes que parecen haber sido pintadas más que escritas, han sido igualmente motivos de sobradas razones para que él fuese modelo ideal para los creadores de la plástica y no sólo cubanos y de todos los tiempos, incluso, en el propio momento que le tocó vivir…

Y, en esto, un singular abordaje plástico de estos días: un Martí al lado del guajiro, de sus faenas y de su entorno, aquel con el que quiso “su suerte echar”. Precisamente, el pasado miércoles 28 de enero, en el Memorial que lleva su nombre, Rogelio Fundora Ybarra le rendía homenaje al Maestro, con su personal conjunto de pinturas y cerámicas que titula CON LOS POBRES DE LA TIERRA, magnífica conjunción, entonces, de aquellos presupuestos martianos, con este sencillo hombre del campo devenido pintor que ha hecho de estos propósitos su fundamental esgrima plástica.

Paisajes pictóricos y ensamblajes de mosaicos cerámicos se convierten en esta suerte de homenaje muy especial: Martí desde el surco como aliento inspirador del abnegado trabajo de los campesinos, icono él mismo de estos enfoques, símbolo y metáfora al lado de estos “pobres de la tierra”, con palabra exacta: “Arte soy entre las artes y, en los montes, monte soy…”

A Fundora se le conoce como “el guajiro que pinta”: todo un empeño para nada intruso, que da riendas sueltas a una libertad plena que ha encontrado en los colores y valores, en las perspectivas de sus formas y en las composiciones que se vuelcan hacia un paisaje rural, toda una labor que, no por empírica, se hace resuelta y muy bien hecha, incluso con intenciones que van más allá de los simples atrapamientos pictóricos, como en ese Martí con el pabellón cubano creado con manchas o pinceladas chorreadas de acomodos cromáticos impresionistas.

CON LOS POBRES DE LA TIERRA, de Rogelio Fundora, ocupa sitio en el lugar donde debió estar: el Memorial José Martí, empinada cima que ahora enarbola el surco sobre el paisaje asfaltado de esta Habana que vio nacer al más universal de todos los cubanos…

 


Canto a la tierra

Por José Luis González-Almeida.

                                                     Crítico de Arte

 

“No, ya no tendré miedo de la tierra, que es fuerte

y maternal; y habrá de acoger mi miseria

cuando tenga que echarme… No, ya no tendré miedo

de la tierra más nunca. Cuando le pertenezca

he de identificarme con ella plenamente.

¡Cómo voy a sentir todas las primaveras

floreciendo en mí misma!… Con esta carne pálida

haré los lirios… ¡Y las rosas, y las fresas,

y los árboles grandes y potentes y rudos!…”

     Ruda como su voz, Alteza Dulce María: ruda y tierna al propio tiempo; ruda y lírica, alígera, grácil se me anuncia la devoción que estas pinturas manifiestan por el paisaje, la Tierra que somos. ¡Y cómo no asumir que en ella, por ella       -útero ocre en sístole y diástole eternos, naturaleza no acuosa que nos desdibuja y pincela, catapulta y devora-   marcha en sí nuestra esencialidad amniótica, semblanza de una vida travestida   -acaso por azares de un no sé cuál misterio-   en símbolo ecoico, perenne de la muerte.

     Muerte que cuando suele resultar cautiva por un orfebre de lo prístino, un cincelador de lo vital primario   -cual es Rogelio Fundora Ybarra, pintor de sagas y romanzas guajiras-,   adquiere dimensiones de lo impúdico intimista que revienta en luz… La iridiscencia del brote, su descomposición (fulguración) cromático-espectral, arrastran   -claro está-   júbilos y euforias, y cánticos, saraos, tintineos: elocuente presencia de un palpitar dispuesto a hincarse de rodillas frente a la soberbia de la (nuestra) eternidad.

     El ser eternos no es   -y en esto auguran regirnos hindúes y egipcios, celtas y mayas, helenos y romanos-   cuestión de una casualidad beduina, nómada, migratoria que sobre cualquiera se posa. Necesarios resultan un catauro de enterezas, una legión de honestidades  para los que no todos hallamos ese hálito o voluntad congruentes con el sacro principio del deber ser.

     Y el deber ser para Rogelio no puede venir sino de la mano de un férreo compromiso con cuantas sintaxis éticas de avanzada le han antecedido… Yerran, pues, quienes adjudican a su eclecticismo canónico (su mezcla estilística) sólo la rala prestancia de lo formal o exteriorista. Detrás de esa pueril contingencia naif, de esa a ratos infundada aventura neorromántica; detrás de esa confabulación como trasnochada de manierismos diversos, de esa pincelada absorta ante la luz, poco menos que entredicha desde la frondosidad protoimpresionista; detrás   -en fin-  de todas esas estéticas, se yergue el escudo, la heráldica de un hombre que blande la estrella como rival de la abulia (la muerte) y en favor de la utopía.

     Límpido como el rocío que pende de los coturnos de la noche, este guajiro se mece, impulsa y eleva no con la rudeza adscripta a la obsidiana, sino con el candor, la ternura reservados a las nostalgias de abril.

(1)             Martí, José. “Juan Carlos Gómez” (Nueva York, julio de 1884). En: Obras Completas.  La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1991, Tomo 8, pp. 190 – 191.


 

«Su mundo de luces y colores»

Ana Llerena Martín, Periodista y crítica de arte,  Revista MASVIAJES

   

    Rogelio Fundora  Ybarra, (Madruga, La Habana, 1972). Pintor  y ceramista autodidacta. Más de  60 exposiciones, entre personales y colectivas, y más de 70 obras en colecciones privadas, tanto en Cuba, como en Italia, Venezuela, Francia, México, España, Alemania y Estados Unidos avalan a este pintor que se inserta en el panorama de la plástica cubana actual con toda la fuerza y belleza que emanan de sus cuadros o losas, donde se observa la mano creadora de este artista que nos da, en todo momento, al hombre como principal elemento de sus obras, y a la campiña cubana como una necesidad de pintarla y recrearla ya que este artista se vincula muy bien con este campo cubano, al cual rinde homenaje en todo momento y por el que siente una pasión y un respeto que lo hace tenerlo presente en la mayoría de sus obras.

  Fundora Ybarra, juega, y muy bien por cierto, con toda la gama de colores y las luces naturales que le proporciona el paisaje cubano, se nota desde que nos adentramos en su mundo, como en el acto de su creación está presente el verde, el inigualable azul de este cielo, y todos los colores que conforman este inatrapable paisaje que él pinta, pero el cual no copia, lo pinta como sus ojos lo captan, y le imprime toda la sensibilidad de la cual es poseedor.

  Nacido en un pintoresco pueblito de La Habana, ha sabido apropiarse de toda la belleza circundante para plasmarla en sus lienzos y tener una comunicación casi mística con el público que visita todas y cada una de sus exposiciones, acreedor de importantes premios nacionales e internacionales, se le ha catalogado como un cronista de estos tiempos, ya que ha pintado no solo los paisajes rurales y urbanos que lo rodean, tiene una importante colección de retratos a personalidades artísticas, científicas, políticas y personajes que viven a su alrededor, seres humanos que andan a diario por la vida y que han dejado su impronta en el lienzo de Rogelio Fundora Ybarra, todos con sus rasgos muy bien logrados cosa que este artista cuida mucho a la hora de pintar.

  Estamos ante un creador que nos lleva de la mano a su mundo y vivimos junto a él todas las emociones y sensaciones que él ha querido plasmar en sus lienzos, las cuales nos llegan como un regalo de la vida, algo a lo cual no podemos renunciar, nos atrapa desde el mismo momento que acudimos a su encuentro, y quedamos fascinados ante su discurso pictórico, en el cual podemos sentir, de primera mano, todo lo que Rogelio Fundora Ybarra ha querido decirnos, con ese, su lenguaje sencillo, pero sorprendente en todo momento por la calidad artística que posee.

   Vayamos, pues, de la mano de este artista, a su mundo interior,  dejemos a nuestro espíritu disfrutar de este momento único e irrepetible que es asistir a una de las tantas exposiciones de Rogelio Fundora Ybarra, y así poder ser testigos de «su mundo de luces y colores» en esa forma única con que este artista sabe utilizarlas.


Sueños desde el surco

Othoniel Morffis Valera,
Crítico de arte y curador.

Seducido por la energía del paisaje y como hijo legítimo del surco, Rogelio fundora irrumpe con esta nueva exposición, con diestro manejo del óleo sobre lienzo, poseedor de un lirismo poético desbordado. Llegan unas tras otras sus inspiraciones, cargadas del ímpetu de quien se sabe dueño de un gran tesoro, de esa rica y profunda huella de tradiciones sedimentada en las labores cotidianas de la campiña.

Los personajes concebidos por el orbe creador de Rogelio trasmutan en la inocencia vívida de su realidad, amigos, familiares, y él mismo, han sido representados y tocados por los valores plásticos; llevan en sí la esencia y el sentido de quienes saben de dónde vienen y adónde quieren llegar.

Deslumbrado por la candidez de la luz, sin abandonar la perspectiva visual y una rica gama de colores, fluyen como épicas historias del cotidiano quehacer, temas como: la pesca en la laguna, la siembra, la lid de gallos., o la guataca en el hombro de vuelta al hogar. Su alter ego, pletórico de la imaginería guajira, reordena la gama cubana y su mirada nos vuelva a la sinceridad, donde manan las cálidas vivencias, el olor de la tierra y la paz. Del surco al sueño, de la azada ala fantasía, así de sencillo y natural como buen cubano.