Trazos en el tiempo.

 

Por: Juan Martin Soler Robau.

He aquí una vez más como en casa, este terruño recibe en una de sus más autenticas celebraciones la obra de Rogelio Fundora Ybarra (El guajiro que pinta). Quien ha traído en múltiples ocasiones desde el año 2011 muestras de su infatigable quehacer. “Desde el surco” y “Guajiros de mi tierra” por solo citar algunas de sus personales exhibiciones en Jornadas donde la música, el baile y el Repentismo invitan a la plástica a colorear días memorables de la cultura cubana.

El guajiro nos invita en esta 51 edición a un retrospectivo encuentro de períodos comprendidos desde los años 2011 y hasta el presente 2018. Su inquietante labor insaciable de cuanto nos abunda y confluye; de realismo, imaginería barroca y ecléctica se funde como en sí mismo de un surrealismo provocador y escandalizante.

Recurren lienzos en los que rebosa el filántropo amor por la naturaleza humana dedicada a sacar de la tierra el pan de cada día. Rogelio escudriña constante en el lenguaje que un día Insospechadamente hizo suyo, con su particular gracia dialoga la forja con cerámicas que desde el dibujo y los esmaltes atrapan rostros de guajiras y gallos, porrones, tinajas y azadones sacados de su habitual universo que se abren ante sus manos como fuentes que dialogan en un discurso coherente y pertinaz.

Las cartulinas y el papel manufacturado dejan evidencia de su constancia vivencial, estampas guajiras, el paisaje con matas de plátano para nada reiteran, solo nos sirven un poco más de su particular manera de lo mismo con arquetípicos dibujos y color que denotan el sabor mas criollo de este cubano elocuente y enamorado de su humilde originen. Comprometido con la historia, los hombres y mujeres que la dignifican. Rogelio acude al retrato y nos involucra en sugerentes anónimos. Cualquier material le sirve, el asunto es doblegarse en reverencial majestuosidad para aproximarse a los tiempos también de las tecnologías porque –como él dice- cualquier guajiro más que un machete o guataca también en su bolsillo tiene una memoria USB y un celular.

Sus guajiras provocadoras, de singular belleza y picardía coronadas con sombreros de yarey visten el yute y nos atrapan en recónditos paisajes a punto de seducirnos en laberinticos espacios de nuestra o cualquier geografía.

Es esta sin dudas una intencionada aproximación al arrojo de lo posible a cualquier costo al colocarse este humilde hacedor una vez más en este –balcón del oriente- que nos da la bienvenida o despide del más oriental y cálido extremo sin más atuendo que la voluntad del espíritu cimarrón y mambí que a degüello toma como armas pincel y paleta en manos para exprimir su memoria en trazos de -su y nuestro- tiempo el más profundo compromiso de esa identidad de la que tanto hablamos.

 

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